El deseo irrefrenable de mirar por la ventana lo mantenía pegado al vidrio. La nariz que respiraba aplastada contra el cristal llenaba el paisaje de un aliento turbio, que atravesado por la noche, hacía resplandecer aun más las veloces luces que pasaban por el costado de las vías. De vez en cuando giraba su rostro tieso, mientras el ritmo de las ruedas, chocando contra los intervalos casi simétricos de las uniones entre los rieles, provocaba que su corazón se fuera fundiendo lentamente con el mismo vagón, que tra que tea ba sin cesar.
Vio una señora que se dormía. La cabeza parecía ir ganando peso de a poco y bajaba, bajaba, y bajaba acompañada de una respiración profunda ................................................. lenta............................pausada............................. casi imperceptible.
El desenlace, para él, era harto evidente: los ojos terminarían por cerrarse, el cuello por doblarse y la señora, una vez dormida, perdería el equilibrio, para volverlo a recobrar ridículamente, ante la vista de todos aquellos a los que no les importaba que se hubiera pasado todo el día trabajando en la casa de la patrona, fregando pisos, sacudiendo almohadones, estornudando por el polvo, humillándose, como cada vez que la señora le regalaba una ropita para los nenes, que tan negritos y pobres parecían con una madre así.
No le importaba y por eso miró para otro lado y vio como un señor de traje se metía el dedo en la nariz. Sacó con el meñique un moco amarillo, redondito. Lo investigó por un momento, como si en el fondo esa masa escondiera algún secreto de infelicidad. Seguro que en su mente meditaba si comerlo, si el sabor salado o el sentimiento pastoso de aplastarlo entre los dientes podría reconfortarlo o tal vez si era mejor amasarlo entre los dedos y dejarlo pegado abajo del asiento, abandonado al tiempo y a la nada que eran esos asientos rotos y grises y tan duros que parecían rompeculos. Vio como la serpiente que se le enredaba en el cuello y que pasaba por debajo de la corbata genérica de empleado escupía el ruido de una radio imperceptible, pero que anunciaba las cifras de la pobreza y el menos-mal-que-a-mi-no-me-toca, porque mirá si tengo que cenar con agua común de la canilla y no con la saborizada sabor durazno que un locutor buena onda vendía con un eslogan canchero.
Pensó que todos ellos no eran personas, eran gente, y que cada viaje que recorría lo separaba más y más de aquello que podía ser el mundo (pero si él no sentía ser tan distinto, a veces durmiéndose, otras veces con un moco en las uñas, tocando los caños tibios y engrasados por donde tantas manos de tanta gente pasaron y apretaron fuerte para no caerse, o peleando por un asiento o por un hueco en el piso donde dejarse descansar) o más bien que eso era el mundo, así como enlatado y moviéndose por las vías con rumbo fijo y boleto de uno con diez, mientras volvía a poner la nariz contra el vidrio, ya casi cansado.
Otro tren pasó en sentido contrario y lo despertó de ese letargo que era mirar las líneas de las vías paralelas, que se desdibujaban con la velocidad y parecían terminar fundiéndose en una cinta marrón y pedregosa. Se acomodó y vio una nena que comía Buenas tardes señoras y señores, tengan ante todo muy pero muy buenas tardes. Lo que chizitos, escuchaba como los dientes masticaban esa pasta aireada, mientras las migas paso a presentar y entrego son útiles y prácticos pañuelos descartables. Abona en amarillas resplandecientes caían sobre el abriguito rosa que la personita tenía puesto. Al kioscos y supermercados no menos de peso cincuenta peso setenta por unidad. Hoy van lado, una señora maquillada se miraba las uñas esmaltadas que de vez en cuando se a llevar dos paquetes de diez pañuelos cada uno, los dos, por dos pesos. Algo que nunca clavaban adentro de la bolsa de la nena y volvían a aparecer con el rojo, contrastando sobra, algo que nunca está de más, pañuelos descartables, dos, por dos pesos. Para sobre el soretito amarillo que se llevaba a la boca y que disfrutaba masticar, al mismo aprovechar, algo que nunca está de más, pañuelos descartables. Gracias, para quien más, tiempo que sacudía el abrigo de su hijita. pañuelos descartables, permiso, gracias, para quien más, gracias, permiso, gracias.
Llegó a su estación, tenía que pararse. Lo hizo arrastrando un poco las piernas. Mientras el tren iba deteniéndose, el señor pegaba el moco abajo del asiento, la señora acomodaba una vez más su cansado cuerpo y la nena arrojaba cuidadosamente unos chizitos al piso. Bajó sin pensar, olvidándose.
Vio una señora que se dormía. La cabeza parecía ir ganando peso de a poco y bajaba, bajaba, y bajaba acompañada de una respiración profunda ................................................. lenta............................pausada............................. casi imperceptible.
El desenlace, para él, era harto evidente: los ojos terminarían por cerrarse, el cuello por doblarse y la señora, una vez dormida, perdería el equilibrio, para volverlo a recobrar ridículamente, ante la vista de todos aquellos a los que no les importaba que se hubiera pasado todo el día trabajando en la casa de la patrona, fregando pisos, sacudiendo almohadones, estornudando por el polvo, humillándose, como cada vez que la señora le regalaba una ropita para los nenes, que tan negritos y pobres parecían con una madre así.
No le importaba y por eso miró para otro lado y vio como un señor de traje se metía el dedo en la nariz. Sacó con el meñique un moco amarillo, redondito. Lo investigó por un momento, como si en el fondo esa masa escondiera algún secreto de infelicidad. Seguro que en su mente meditaba si comerlo, si el sabor salado o el sentimiento pastoso de aplastarlo entre los dientes podría reconfortarlo o tal vez si era mejor amasarlo entre los dedos y dejarlo pegado abajo del asiento, abandonado al tiempo y a la nada que eran esos asientos rotos y grises y tan duros que parecían rompeculos. Vio como la serpiente que se le enredaba en el cuello y que pasaba por debajo de la corbata genérica de empleado escupía el ruido de una radio imperceptible, pero que anunciaba las cifras de la pobreza y el menos-mal-que-a-mi-no-me-toca, porque mirá si tengo que cenar con agua común de la canilla y no con la saborizada sabor durazno que un locutor buena onda vendía con un eslogan canchero.
Pensó que todos ellos no eran personas, eran gente, y que cada viaje que recorría lo separaba más y más de aquello que podía ser el mundo (pero si él no sentía ser tan distinto, a veces durmiéndose, otras veces con un moco en las uñas, tocando los caños tibios y engrasados por donde tantas manos de tanta gente pasaron y apretaron fuerte para no caerse, o peleando por un asiento o por un hueco en el piso donde dejarse descansar) o más bien que eso era el mundo, así como enlatado y moviéndose por las vías con rumbo fijo y boleto de uno con diez, mientras volvía a poner la nariz contra el vidrio, ya casi cansado.
Otro tren pasó en sentido contrario y lo despertó de ese letargo que era mirar las líneas de las vías paralelas, que se desdibujaban con la velocidad y parecían terminar fundiéndose en una cinta marrón y pedregosa. Se acomodó y vio una nena que comía Buenas tardes señoras y señores, tengan ante todo muy pero muy buenas tardes. Lo que chizitos, escuchaba como los dientes masticaban esa pasta aireada, mientras las migas paso a presentar y entrego son útiles y prácticos pañuelos descartables. Abona en amarillas resplandecientes caían sobre el abriguito rosa que la personita tenía puesto. Al kioscos y supermercados no menos de peso cincuenta peso setenta por unidad. Hoy van lado, una señora maquillada se miraba las uñas esmaltadas que de vez en cuando se a llevar dos paquetes de diez pañuelos cada uno, los dos, por dos pesos. Algo que nunca clavaban adentro de la bolsa de la nena y volvían a aparecer con el rojo, contrastando sobra, algo que nunca está de más, pañuelos descartables, dos, por dos pesos. Para sobre el soretito amarillo que se llevaba a la boca y que disfrutaba masticar, al mismo aprovechar, algo que nunca está de más, pañuelos descartables. Gracias, para quien más, tiempo que sacudía el abrigo de su hijita. pañuelos descartables, permiso, gracias, para quien más, gracias, permiso, gracias.
Llegó a su estación, tenía que pararse. Lo hizo arrastrando un poco las piernas. Mientras el tren iba deteniéndose, el señor pegaba el moco abajo del asiento, la señora acomodaba una vez más su cansado cuerpo y la nena arrojaba cuidadosamente unos chizitos al piso. Bajó sin pensar, olvidándose.
Detrás,
las puertas se cerraban.
las puertas se cerraban.
Rodri?
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