viernes, 8 de mayo de 2009




Polifonía



“Releí que todos los hechos que pueden
ocurrirle a un hombre, desde el instante
de su nacimiento hasta el de su muerte,
han sido prefijados por él.”

J. L. Borges: Deutsches Requiem



Hace unas semanas que me acaecen sucesos extraños. No podría resumirlos en pocas líneas, pero intentaré explicarlos brevemente.


Todo comenzó cuando me telefoneó el Dr. Stevens. Quería preguntarme si todavía conservaba aquel tomo de la Enciclopedia Británica, que había encontrado por casualidad en uno de esos negocios de la calle Corrientes hace un tiempo. No pude contestarle. Sabía que ese libraco no había ido a ninguna parte, sin embargo, no pude darle una respuesta certera. Confesé que a ciencia cierta no lo sabía, pero que me fijaría y le devolvería el llamado en cuanto pueda. Dejé de escribir un aburrido texto y fui al estudio, donde descansan la mayoría de mis libros. Busqué rápidamente un lomo grande, con letras doradas, pero no estaba allí. Una segunda mirada detenida confirmó lo anterior. La última opción era revisar el altillo, donde dejaba aquellos libros que no me interesaban demasiado. Tomé una escalera de madera y subí al lugar cubierto de polvo, para descender, otra vez, con una negativa. Era claro que el gigantesco volumen de la British Encyclopedia no se encontraba en mi casa. Hallé, sin embargo, otro libro. Era un poco más pequeño y no recordaba haberlo comprado. Lo que justifica su mención es lo siguiente: al abrirlo leí unos títulos al azar, resaltados en negrita. Cuando llamé a Stevens para confesarle mi negativa, me explicó el porqué de su pedido. Necesitaba información acerca de una cierta tribu y sus relaciones con los conquistadores. Atónito confirmé que los nombres que él me ofrecía coincidían con algunas de las palabras que recordaba del otro libro.


Ahora bien, podría rememorar a Jorge Luis Borges, pero, lo que en verdad debería decirse, es que todo lo anterior era la introducción a un cuento que estaba escribiendo, cuando, de pronto, sonó el teléfono y del otro lado, un amigo me pidió, entre otras cosas, que busque un libro. El título del mismo lo desconocía, pero recordaba que en él se hallaba un cuento donde el autor escribía la noche anterior lo que le sucedería al día siguiente. El grado de intertextualidad al que se había proyectado mi vida era tan asombroso como inentendible. Alcanza con revisar lo anterior para confirmar las sospechas. Lo que hice, luego de sentirme confundido, fue buscar el libro antes mencionado. Lo que iba a ocurrir me parecía predecible. No lo hallaría en el estudio, tampoco en el altillo, pero sí encontraría un libro que tendría escrito algo que mi amigo mencionaría luego. El eterno retorno se presentó de manera clara en mi mente, sin embargo, no perdí el miedo. Sí lo hice cuando, al revisar el estante de la pared derecha, lo encontré sin problemas. Llamé a mi amigo y él pasó a buscarlo al mediodía, aparentemente era un libro muy importante.


Barajé, más tarde, otras ideas en mi mente. Pensé que, quizás, mi situación era la misma que la del personaje de aquél libro, pero de manera invertida. Que ocurra exactamente lo contrario a lo que estoy escribiendo es prueba clara y concisa de que estuve en lo cierto. Pronto ensayé en un papel borrador cosas que quería que me sucedieran. Fue difícil encontrar, al principio, correspondencias inversas entre hechos tan complejos. No se resumía simplemente a decir lloverá para que el cielo se mantenga sin nubes. Luego de descubrir que la relación blanco/negro no era tan sencilla como pensaba, creí conveniente plantear, directamente, cosas que deseaba que no pasaran. Los primeros días resultaron, salvando algunos inconvenientes, satisfactorios. Fue el miércoles cuando descubrí el castigo en el cual me sumió este aparente don. Mis textos trataban, generalmente, acontecimientos autobiográficos. En ellos yo lograba introducir, con cierta maestría y de forma deliberada, hechos fantásticos. El trabajo de enseñar también me exigía escribir notas y pensar que el Martín Fierro dejaría de ser aburrido si yo lo dictaba así, hacía que me estremeciese. Abandonar la literatura era algo que no podía digerir, pero que debí, luego de serias mediaciones, realizar.



Ahora simplemente dedico todo mi tiempo a entender la lógica de mi castigo, para poder sacarle algún provecho. Comprendo que al escribir estas líneas no podré deshacerme del maleficio. Sé que tal cosa nunca sería posible.



Cerró el cuaderno dejando el lápiz a un lado. No le extrañó el teléfono sonando. Acomodándose el abrigo decidió atender, demorando un poco.







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