"A ponerse iba el sol y las sombras
ganaban las calles"
Odisea, canto III
ganaban las calles"
Odisea, canto III
Era de noche y estaba dormido cuando los escuchó por primera vez. Vio aparecer de pronto sus sombras que recortaban la luz de los faroles que iluminaban la calle. No creyó conveniente correr, ya que podrían verlo, en cambio, se achicó lo más posible en la entrada, apagando el cigarrillo, esperando a que desaparezcan. Oía el murmullo de sus voces, una era suave, corrompida por el pasar del tiempo y por ese aire que había siempre cerca del puerto. La otra, más aguda, era ávida dando ordenes. Una tercera se quejaba con miedo detrás de algo que parecía impedirle el habla. Algo llegó a escuchar gracias al viento que avivaba los débiles cigarrillos de aquellos que allí estaban. Al tiempo que las oyó, la bocina de un viejo barco sacudió el sudor frío que le caía por la cara. Empezó a correr.
Cuando se despejó ya estaba de nuevo en su barrio, infinitamente conocido, las calles de adoquines, la gente que nunca dormía. Entró en ese bar que tantas noches lo había cobijado. Álvarez parecía esperarlo, en piyamas, saboreando una cerveza al final de la barra, envuelto en el humo de su Camel.
Siempre fumando esa mierda vos- le dijo, mientras hacía un gesto al barman para que le alcance una cerveza.
Es lo que hay -replicó Álvarez- el negro pasó de moda.
Claro, si vos decís- escupió de forma tranquila.
-¿Alguna novedad pibe?
Dudó contarle lo que había pasado, no obstante, pensó que algo debía sospechar y se inventó una mentira. La esquina, un problema con algunos ebrios que podían mantener la línea, la corrida interminable para volver al barrio, cosas que sucedían a menudo, ahora que las reglas estaban desapareciendo y los conscriptos volvían a casa. Álvarez parecía conforme con la explicación, aunque no le importaba mucho. Le jodía más el no poder dormir. Había bajado al bar barajando preocupaciones matrimoniales, laborales y de otros tipos. Le extrañó encontrarse con su antiguo compañero de secundaria, con esa cara pálida, sin ningún rasgo de la valentía que tuvo alguna vez. Pero lo que más le confundió fue ver a aquella rubia sentada en una mesa cerca del billar.
-Pibe ¿no te parece rara esa rubia? -dijo Álvarez.
-No sé che, seguro está esperando a alguien- Le contestó, pensando que no importaba, recordando lo que había visto y oído, pero de todas formas era raro ver a una señorita de ese tipo y pensó porque no podía ser de otra forma, el vestido rojo, su cara poco pintada, los ojos almendra, con mirada inocente. Seguramente esperaba que pase algo, no fumaba y estaba tomando una gaseosa. Era algo excepcional para ese lugar, a esa hora y un poco más, después de lo que le había pasado. ¿Estaría esperando a ese que escuchó de voz ahogada? Quizás, ahora que era todo probable, Álvarez en pijama, él agitado, perdiendo su carácter de guapo, ese que lo hacía enfrentarse a las cosas o mirarlas sin soslayo, sobretodo sin correr como el cagón que ahora se sentía. Prefirió irse, se despidió de su amigo incitándolo a que descifre el enigma de la oveja de rojo que esperaba al lobo Álvarez. Si nada pasaba, que por lo menos le pegue un llamado, para arreglar algo, para ver como andaban las cosas.
Las tres cuadras parecieron largas, tuvo tiempo para volver a plantearse lo que pensaba de esa noche. Era estúpido creer que por no meterse en algo que no le importaba iba a ser menos hombre, aunque también se dio cuenta que podía venir de antes, de cuando terminó el bachillerato y comenzó a trabajar en el depósito de la imprenta, ese lugar de mierda, pero que por lo menos le daba para comer. En las primeras huelgas había participado, pegando carteles y ese tipo de cosas, pero después de la amenaza de su jefe (“Usted es un buen hombre, sería una lástima que pierda su empleo con cosas como estas”) empezó a tranquilizarse, a vivir las dos caras, presentarse como un hombre, cuando en verdad era el esclavo del patrón, del salario que necesitaba para cuidar a la vieja. Cuando se le murió, las cosas volvieron lentamente a su rumbo, se cagó en el laburo, anduvo en algunos negocios turbios o ayudado por amigos como Álvarez, que nunca fallaban. Ahora estaba de nuevo en el camino tranquilo, pero no sentía haber perdido el apodo que le habían dado los muchachos del normal, su valentía un poco ficcional. Sigo siendo el de siempre se dijo, intentando convencerse, mientras se acostaba en la cama.
No pudo dormir y se levantó sobresaltado, tenía que resolver ese asunto pendiente. Calzándose el sobretodo salió a la calle y, caminando con paso apurado, no tardó en llegar al lugar de antes. Las sombras habían ya desaparecido, en su lugar, un charco de sangre reflejaba su cara y los primeros rayos de la madrugada.
Cuando se despejó ya estaba de nuevo en su barrio, infinitamente conocido, las calles de adoquines, la gente que nunca dormía. Entró en ese bar que tantas noches lo había cobijado. Álvarez parecía esperarlo, en piyamas, saboreando una cerveza al final de la barra, envuelto en el humo de su Camel.
Siempre fumando esa mierda vos- le dijo, mientras hacía un gesto al barman para que le alcance una cerveza.
Es lo que hay -replicó Álvarez- el negro pasó de moda.
Claro, si vos decís- escupió de forma tranquila.
-¿Alguna novedad pibe?
Dudó contarle lo que había pasado, no obstante, pensó que algo debía sospechar y se inventó una mentira. La esquina, un problema con algunos ebrios que podían mantener la línea, la corrida interminable para volver al barrio, cosas que sucedían a menudo, ahora que las reglas estaban desapareciendo y los conscriptos volvían a casa. Álvarez parecía conforme con la explicación, aunque no le importaba mucho. Le jodía más el no poder dormir. Había bajado al bar barajando preocupaciones matrimoniales, laborales y de otros tipos. Le extrañó encontrarse con su antiguo compañero de secundaria, con esa cara pálida, sin ningún rasgo de la valentía que tuvo alguna vez. Pero lo que más le confundió fue ver a aquella rubia sentada en una mesa cerca del billar.
-Pibe ¿no te parece rara esa rubia? -dijo Álvarez.
-No sé che, seguro está esperando a alguien- Le contestó, pensando que no importaba, recordando lo que había visto y oído, pero de todas formas era raro ver a una señorita de ese tipo y pensó porque no podía ser de otra forma, el vestido rojo, su cara poco pintada, los ojos almendra, con mirada inocente. Seguramente esperaba que pase algo, no fumaba y estaba tomando una gaseosa. Era algo excepcional para ese lugar, a esa hora y un poco más, después de lo que le había pasado. ¿Estaría esperando a ese que escuchó de voz ahogada? Quizás, ahora que era todo probable, Álvarez en pijama, él agitado, perdiendo su carácter de guapo, ese que lo hacía enfrentarse a las cosas o mirarlas sin soslayo, sobretodo sin correr como el cagón que ahora se sentía. Prefirió irse, se despidió de su amigo incitándolo a que descifre el enigma de la oveja de rojo que esperaba al lobo Álvarez. Si nada pasaba, que por lo menos le pegue un llamado, para arreglar algo, para ver como andaban las cosas.
Las tres cuadras parecieron largas, tuvo tiempo para volver a plantearse lo que pensaba de esa noche. Era estúpido creer que por no meterse en algo que no le importaba iba a ser menos hombre, aunque también se dio cuenta que podía venir de antes, de cuando terminó el bachillerato y comenzó a trabajar en el depósito de la imprenta, ese lugar de mierda, pero que por lo menos le daba para comer. En las primeras huelgas había participado, pegando carteles y ese tipo de cosas, pero después de la amenaza de su jefe (“Usted es un buen hombre, sería una lástima que pierda su empleo con cosas como estas”) empezó a tranquilizarse, a vivir las dos caras, presentarse como un hombre, cuando en verdad era el esclavo del patrón, del salario que necesitaba para cuidar a la vieja. Cuando se le murió, las cosas volvieron lentamente a su rumbo, se cagó en el laburo, anduvo en algunos negocios turbios o ayudado por amigos como Álvarez, que nunca fallaban. Ahora estaba de nuevo en el camino tranquilo, pero no sentía haber perdido el apodo que le habían dado los muchachos del normal, su valentía un poco ficcional. Sigo siendo el de siempre se dijo, intentando convencerse, mientras se acostaba en la cama.
No pudo dormir y se levantó sobresaltado, tenía que resolver ese asunto pendiente. Calzándose el sobretodo salió a la calle y, caminando con paso apurado, no tardó en llegar al lugar de antes. Las sombras habían ya desaparecido, en su lugar, un charco de sangre reflejaba su cara y los primeros rayos de la madrugada.
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