martes, 7 de julio de 2009

viaje en tupper


El deseo irrefrenable de mirar por la ventana lo mantenía pegado al vidrio. La nariz que respiraba aplastada contra el cristal llenaba el paisaje de un aliento turbio, que atravesado por la noche, hacía resplandecer aun más las veloces luces que pasaban por el costado de las vías. De vez en cuando giraba su rostro tieso, mientras el ritmo de las ruedas, chocando contra los intervalos casi simétricos de las uniones entre los rieles, provocaba que su corazón se fuera fundiendo lentamente con el mismo vagón, que tra que tea ba sin cesar.

Vio una señora que se dormía. La cabeza parecía ir ganando peso de a poco y bajaba, bajaba, y bajaba acompañada de una respiración profunda ................................................. lenta............................pausada............................. casi imperceptible.

El desenlace, para él, era harto evidente: los ojos terminarían por cerrarse, el cuello por doblarse y la señora, una vez dormida, perdería el equilibrio, para volverlo a recobrar ridículamente, ante la vista de todos aquellos a los que no les importaba que se hubiera pasado todo el día trabajando en la casa de la patrona, fregando pisos, sacudiendo almohadones, estornudando por el polvo, humillándose, como cada vez que la señora le regalaba una ropita para los nenes, que tan negritos y pobres parecían con una madre así.

No le importaba y por eso miró para otro lado y vio como un señor de traje se metía el dedo en la nariz. Sacó con el meñique un moco amarillo, redondito. Lo investigó por un momento, como si en el fondo esa masa escondiera algún secreto de infelicidad. Seguro que en su mente meditaba si comerlo, si el sabor salado o el sentimiento pastoso de aplastarlo entre los dientes podría reconfortarlo o tal vez si era mejor amasarlo entre los dedos y dejarlo pegado abajo del asiento, abandonado al tiempo y a la nada que eran esos asientos rotos y grises y tan duros que parecían rompeculos. Vio como la serpiente que se le enredaba en el cuello y que pasaba por debajo de la corbata genérica de empleado escupía el ruido de una radio imperceptible, pero que anunciaba las cifras de la pobreza y el menos-mal-que-a-mi-no-me-toca, porque mirá si tengo que cenar con agua común de la canilla y no con la saborizada sabor durazno que un locutor buena onda vendía con un eslogan canchero.


Pensó que todos ellos no eran personas, eran gente, y que cada viaje que recorría lo separaba más y más de aquello que podía ser el mundo (pero si él no sentía ser tan distinto, a veces durmiéndose, otras veces con un moco en las uñas, tocando los caños tibios y engrasados por donde tantas manos de tanta gente pasaron y apretaron fuerte para no caerse, o peleando por un asiento o por un hueco en el piso donde dejarse descansar) o más bien que eso era el mundo, así como enlatado y moviéndose por las vías con rumbo fijo y boleto de uno con diez, mientras volvía a poner la nariz contra el vidrio, ya casi cansado.

Otro tren pasó en sentido contrario y lo despertó de ese letargo que era mirar las líneas de las vías paralelas, que se desdibujaban con la velocidad y parecían terminar fundiéndose en una cinta marrón y pedregosa. Se acomodó y vio una nena que comía Buenas tardes señoras y señores, tengan ante todo muy pero muy buenas tardes. Lo que chizitos, escuchaba como los dientes masticaban esa pasta aireada, mientras las migas paso a presentar y entrego son útiles y prácticos pañuelos descartables. Abona en amarillas resplandecientes caían sobre el abriguito rosa que la personita tenía puesto. Al kioscos y supermercados no menos de peso cincuenta peso setenta por unidad. Hoy van lado, una señora maquillada se miraba las uñas esmaltadas que de vez en cuando se a llevar dos paquetes de diez pañuelos cada uno, los dos, por dos pesos. Algo que nunca clavaban adentro de la bolsa de la nena y volvían a aparecer con el rojo, contrastando sobra, algo que nunca está de más, pañuelos descartables, dos, por dos pesos. Para sobre el soretito amarillo que se llevaba a la boca y que disfrutaba masticar, al mismo aprovechar, algo que nunca está de más, pañuelos descartables. Gracias, para quien más, tiempo que sacudía el abrigo de su hijita. pañuelos descartables, permiso, gracias, para quien más, gracias, permiso, gracias.

Llegó a su estación, tenía que pararse. Lo hizo arrastrando un poco las piernas. Mientras el tren iba deteniéndose, el señor pegaba el moco abajo del asiento, la señora acomodaba una vez más su cansado cuerpo y la nena arrojaba cuidadosamente unos chizitos al piso. Bajó sin pensar, olvidándose.

Detrás,
las puertas se cerraban.

viernes, 8 de mayo de 2009




Polifonía



“Releí que todos los hechos que pueden
ocurrirle a un hombre, desde el instante
de su nacimiento hasta el de su muerte,
han sido prefijados por él.”

J. L. Borges: Deutsches Requiem



Hace unas semanas que me acaecen sucesos extraños. No podría resumirlos en pocas líneas, pero intentaré explicarlos brevemente.


Todo comenzó cuando me telefoneó el Dr. Stevens. Quería preguntarme si todavía conservaba aquel tomo de la Enciclopedia Británica, que había encontrado por casualidad en uno de esos negocios de la calle Corrientes hace un tiempo. No pude contestarle. Sabía que ese libraco no había ido a ninguna parte, sin embargo, no pude darle una respuesta certera. Confesé que a ciencia cierta no lo sabía, pero que me fijaría y le devolvería el llamado en cuanto pueda. Dejé de escribir un aburrido texto y fui al estudio, donde descansan la mayoría de mis libros. Busqué rápidamente un lomo grande, con letras doradas, pero no estaba allí. Una segunda mirada detenida confirmó lo anterior. La última opción era revisar el altillo, donde dejaba aquellos libros que no me interesaban demasiado. Tomé una escalera de madera y subí al lugar cubierto de polvo, para descender, otra vez, con una negativa. Era claro que el gigantesco volumen de la British Encyclopedia no se encontraba en mi casa. Hallé, sin embargo, otro libro. Era un poco más pequeño y no recordaba haberlo comprado. Lo que justifica su mención es lo siguiente: al abrirlo leí unos títulos al azar, resaltados en negrita. Cuando llamé a Stevens para confesarle mi negativa, me explicó el porqué de su pedido. Necesitaba información acerca de una cierta tribu y sus relaciones con los conquistadores. Atónito confirmé que los nombres que él me ofrecía coincidían con algunas de las palabras que recordaba del otro libro.


Ahora bien, podría rememorar a Jorge Luis Borges, pero, lo que en verdad debería decirse, es que todo lo anterior era la introducción a un cuento que estaba escribiendo, cuando, de pronto, sonó el teléfono y del otro lado, un amigo me pidió, entre otras cosas, que busque un libro. El título del mismo lo desconocía, pero recordaba que en él se hallaba un cuento donde el autor escribía la noche anterior lo que le sucedería al día siguiente. El grado de intertextualidad al que se había proyectado mi vida era tan asombroso como inentendible. Alcanza con revisar lo anterior para confirmar las sospechas. Lo que hice, luego de sentirme confundido, fue buscar el libro antes mencionado. Lo que iba a ocurrir me parecía predecible. No lo hallaría en el estudio, tampoco en el altillo, pero sí encontraría un libro que tendría escrito algo que mi amigo mencionaría luego. El eterno retorno se presentó de manera clara en mi mente, sin embargo, no perdí el miedo. Sí lo hice cuando, al revisar el estante de la pared derecha, lo encontré sin problemas. Llamé a mi amigo y él pasó a buscarlo al mediodía, aparentemente era un libro muy importante.


Barajé, más tarde, otras ideas en mi mente. Pensé que, quizás, mi situación era la misma que la del personaje de aquél libro, pero de manera invertida. Que ocurra exactamente lo contrario a lo que estoy escribiendo es prueba clara y concisa de que estuve en lo cierto. Pronto ensayé en un papel borrador cosas que quería que me sucedieran. Fue difícil encontrar, al principio, correspondencias inversas entre hechos tan complejos. No se resumía simplemente a decir lloverá para que el cielo se mantenga sin nubes. Luego de descubrir que la relación blanco/negro no era tan sencilla como pensaba, creí conveniente plantear, directamente, cosas que deseaba que no pasaran. Los primeros días resultaron, salvando algunos inconvenientes, satisfactorios. Fue el miércoles cuando descubrí el castigo en el cual me sumió este aparente don. Mis textos trataban, generalmente, acontecimientos autobiográficos. En ellos yo lograba introducir, con cierta maestría y de forma deliberada, hechos fantásticos. El trabajo de enseñar también me exigía escribir notas y pensar que el Martín Fierro dejaría de ser aburrido si yo lo dictaba así, hacía que me estremeciese. Abandonar la literatura era algo que no podía digerir, pero que debí, luego de serias mediaciones, realizar.



Ahora simplemente dedico todo mi tiempo a entender la lógica de mi castigo, para poder sacarle algún provecho. Comprendo que al escribir estas líneas no podré deshacerme del maleficio. Sé que tal cosa nunca sería posible.



Cerró el cuaderno dejando el lápiz a un lado. No le extrañó el teléfono sonando. Acomodándose el abrigo decidió atender, demorando un poco.







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viernes, 13 de febrero de 2009

I

"A ponerse iba el sol y las sombras
ganaban las calles"

Odisea, canto III


Era de noche y estaba dormido cuando los escuchó por primera vez. Vio aparecer de pronto sus sombras que recortaban la luz de los faroles que iluminaban la calle. No creyó conveniente correr, ya que podrían verlo, en cambio, se achicó lo más posible en la entrada, apagando el cigarrillo, esperando a que desaparezcan. Oía el murmullo de sus voces, una era suave, corrompida por el pasar del tiempo y por ese aire que había siempre cerca del puerto. La otra, más aguda, era ávida dando ordenes. Una tercera se quejaba con miedo detrás de algo que parecía impedirle el habla. Algo llegó a escuchar gracias al viento que avivaba los débiles cigarrillos de aquellos que allí estaban. Al tiempo que las oyó, la bocina de un viejo barco sacudió el sudor frío que le caía por la cara. Empezó a correr.

Cuando se despejó ya estaba de nuevo en su barrio, infinitamente conocido, las calles de adoquines, la gente que nunca dormía. Entró en ese bar que tantas noches lo había cobijado. Álvarez parecía esperarlo, en piyamas, saboreando una cerveza al final de la barra, envuelto en el humo de su Camel.

Siempre fumando esa mierda vos- le dijo, mientras hacía un gesto al barman para que le alcance una cerveza.
Es lo que hay -replicó Álvarez- el negro pasó de moda.
Claro, si vos decís- escupió de forma tranquila.
-¿Alguna novedad pibe?

Dudó contarle lo que había pasado, no obstante, pensó que algo debía sospechar y se inventó una mentira. La esquina, un problema con algunos ebrios que podían mantener la línea, la corrida interminable para volver al barrio, cosas que sucedían a menudo, ahora que las reglas estaban desapareciendo y los conscriptos volvían a casa. Álvarez parecía conforme con la explicación, aunque no le importaba mucho. Le jodía más el no poder dormir. Había bajado al bar barajando preocupaciones matrimoniales, laborales y de otros tipos. Le extrañó encontrarse con su antiguo compañero de secundaria, con esa cara pálida, sin ningún rasgo de la valentía que tuvo alguna vez. Pero lo que más le confundió fue ver a aquella rubia sentada en una mesa cerca del billar.

-Pibe ¿no te parece rara esa rubia? -dijo Álvarez.
-No sé che, seguro está esperando a alguien- Le contestó, pensando que no importaba, recordando lo que había visto y oído, pero de todas formas era raro ver a una señorita de ese tipo y pensó porque no podía ser de otra forma, el vestido rojo, su cara poco pintada, los ojos almendra, con mirada inocente. Seguramente esperaba que pase algo, no fumaba y estaba tomando una gaseosa. Era algo excepcional para ese lugar, a esa hora y un poco más, después de lo que le había pasado. ¿Estaría esperando a ese que escuchó de voz ahogada? Quizás, ahora que era todo probable, Álvarez en pijama, él agitado, perdiendo su carácter de guapo, ese que lo hacía enfrentarse a las cosas o mirarlas sin soslayo, sobretodo sin correr como el cagón que ahora se sentía. Prefirió irse, se despidió de su amigo incitándolo a que descifre el enigma de la oveja de rojo que esperaba al lobo Álvarez. Si nada pasaba, que por lo menos le pegue un llamado, para arreglar algo, para ver como andaban las cosas.

Las tres cuadras parecieron largas, tuvo tiempo para volver a plantearse lo que pensaba de esa noche. Era estúpido creer que por no meterse en algo que no le importaba iba a ser menos hombre, aunque también se dio cuenta que podía venir de antes, de cuando terminó el bachillerato y comenzó a trabajar en el depósito de la imprenta, ese lugar de mierda, pero que por lo menos le daba para comer. En las primeras huelgas había participado, pegando carteles y ese tipo de cosas, pero después de la amenaza de su jefe (“Usted es un buen hombre, sería una lástima que pierda su empleo con cosas como estas”) empezó a tranquilizarse, a vivir las dos caras, presentarse como un hombre, cuando en verdad era el esclavo del patrón, del salario que necesitaba para cuidar a la vieja. Cuando se le murió, las cosas volvieron lentamente a su rumbo, se cagó en el laburo, anduvo en algunos negocios turbios o ayudado por amigos como Álvarez, que nunca fallaban. Ahora estaba de nuevo en el camino tranquilo, pero no sentía haber perdido el apodo que le habían dado los muchachos del normal, su valentía un poco ficcional. Sigo siendo el de siempre se dijo, intentando convencerse, mientras se acostaba en la cama.

No pudo dormir y se levantó sobresaltado, tenía que resolver ese asunto pendiente. Calzándose el sobretodo salió a la calle y, caminando con paso apurado, no tardó en llegar al lugar de antes. Las sombras habían ya desaparecido, en su lugar, un charco de sangre reflejaba su cara y los primeros rayos de la madrugada.